En la Librería Mascaro, de la ciudad de La Plata, el 26 de septiembre de 2026
“No hay más
que la poesía, se los he dicho, que permita la interpretación. Es por eso que
no llego más, en mi técnica, a lo que ella sostiene. Yo no soy bastante poeta.
No soy bastante poâte" dice Jacques Lacan
incitándonos a la poesía para nuestra intervención como analistas. Lo
bastante poeta me resonó a lo suficientemente
buena, adjetivo de lo materno que rescató Winnicott. Un Good enough marcó,
que encierra un apenas, dejando un espacio que no debe colmarse.
Lo serio es la serie también dirá
Lacan. Y con esta impronta, nos animamos en Letraducciones a abrir una serie, la de Po(e)seídos, y así como el término
“poâte” condensaría “poète”[poeta] y el “Ate” de la tragedia griega, conjugamos
en este neologismo a la posesión de la poesía para producir una cadena donde
cada elementolibro remita a otro y abra un espacio de vaciamiento y
lectura, apenas.
A
esta serie la inaugura este libro. Cuando lo leí por primera vez, aún no tenía nombre. Si “El nacimiento se funde en una letra” como aquí se lee, el hallazgo editor lo pone en acto. El nombre
fue efecto de caída, se desprendió, en una operación de lectura y donación que inventó un neologismo
que nos dona un modo: Uvario.
En nuestro primer encuentro formal,
Horacio mencionó a la fotografía como la luz que escribe, y eso fue tallando en
el camino editorial. Desde una intervención de que lo que Era blanco y negro,
pasara a ser EN blanco y negro, hasta que las tildes equívocas en un
posteo en Instagram nos dejaran implicadas transferencialmente, el
psicoanálisis se fue entreverando con la poesía, las palabras se fueron
deslizando por las sábanas que pliegan el texto y llegan al puerto de palos , y de palotes , como inscripciones de esos
primeros trazos al comenzar a garabatear.
La luz del escribir fue produciendo destellos, colores, tonalidades, que fueron goteando de las
palabras. El fucsia de las hojas del árbol
de la abuela; el morado de las uvas; el lila de la flor; el azul del mármol; el
rojo de los corales; el amarillo del huevo.
No es
sencillo decir de qué color es Uvario. Porque moviéndose entre el amanecer y el
crepúsculo, sus palabras van acompañando el paso del tiempo, como si siguieran
su respiración. A veces se adelantan, otras se detienen; a veces hacen
silencio. Y entonces aparece el ritmo y se retransforman las tonalidades coloreadas,
en tonalidades musicales. Por eso me gusta leer Uvario como una partitura. Una
partitura hecha de palabras, pero también de pausas; de sonidos y de silencios;
de aquello que logra decirse y de aquello que queda suspendido. Una partitura no
necesariamente armónica. También con disonancias, alguna nota que se desvía, un
acorde desafinado. Quizás allí es donde la música encuentra su potencia: cuando
deja de ser previsible. Porque esto se trata de
lalengua como aquello que se inscribe antes de que sepamos qué quiere
decir; sonidos, equívocos, repeticiones,
acentos, restos de palabras. Una lengua que afecta al cuerpo.
Y qué sucede
cuando las palabras se asfixian en el cuerpo? Cuando leí Uvario se me
apareció la figura del ventrílocuo, que remite al vientre, al venter, a
esa antigua idea de una voz que parece provenir de otro lugar del cuerpo. Una
voz que habla desde un cuerpo que no es exactamente aquel que creemos que
habla. Algo de esa operación sucede en Uvario. Una abuela habla. Pero
también habla su silencio, su cuerpo. Habla su aullido. Hablan sus manos, las
uvas, las flores, los huevos, los objetos de la casa. Habla aquello que quedó
detenido y que encuentra una vía en la escritura, para que una voz pueda
atravesarla sin quedar reducida a una voz recuperada, reconstruida o explicada.
Tal vez
escribir sea, en parte, buscar otro aliento. En este libro se escribe lo que se
escucha, pero no solamente lo que se podría leer como palabra. Se oye el raspón
del trapo, la mancha que nunca se derramó, el movimiento de las manos, el ruido
de una cajita de música, el zumbido de las abejas. El cuerpo entero se vuelve
una superficie de escucha.
Y esto arrima
la escritura a la función del intérprete, y a su ética.
Cuando dice: “Acercarme a lo que no pudiste decir es mi idioma materno”, no intenta
llenar el silencio del otro. Ni siquiera ocuparlo o traducirlo definitivamente.
Dice Acercarse.
En Uvario, interpretar parece ser una manera de tocar lo escrito sin
clausurarlo. Uvario, y Florencia, dicen: “yo toco lo escrito
escribiendo”. Tocar lo escrito. En pliegue, con el libro que lo precedió. Si
primero para Florencia fue necesario tocar el lenguaje, ahora lo es tocar lo
escrito. Como si escribir fuera una forma de lectura con los dedos. E interpretar
fuera también tocar, pero sin apropiarse.
Como si la
escritura pudiera hacer pasar algo por el cuerpo sin convertirlo necesariamente
en respuesta. Porque el libro termina con una pregunta: ¿Cuál es el peso del
silencio?
Y no sabemos cuánto pesa. Pero después de leer
Uvario, sabemos que el silencio tiene cuerpo, color, ritmo. Tiene
incluso una música que puede desafinar.
Quizás
escribir consista en eso: no en hacer callar el silencio, sino en encontrar la
partitura, lo suficientemente, apenas o bastante poeta, capaz de hacerlo
resonar.





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