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domingo, 18 de octubre de 2026

Presentación de UVARIO, de Florencia Vera, por María Teresita Pullol.

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 En la Librería Mascaro, de la ciudad de La Plata, el 26 de septiembre de 2026


“No hay más que la poesía, se los he dicho, que permita la interpretación. Es por eso que no llego más, en mi técnica, a lo que ella sostiene. Yo no soy bastante poeta. No soy bastante poâte" dice Jacques Lacan  incitándonos a la poesía para nuestra intervención como analistas. Lo bastante poeta  me resonó a lo suficientemente buena, adjetivo de lo materno que rescató Winnicott. Un Good enough marcó, que encierra un apenas, dejando un espacio que no debe colmarse.

Lo serio es la serie también dirá Lacan. Y con esta impronta, nos animamos en Letraducciones  a abrir una serie,  la de Po(e)seídos, y así como el término “poâte” condensaría “poète”[poeta] y el “Ate” de la tragedia griega, conjugamos en este neologismo a la posesión de la poesía para producir una cadena donde cada elementolibro remita a otro y abra un espacio de vaciamiento y lectura, apenas.

A esta serie la inaugura este libro. Cuando lo leí por primera vez, aún  no tenía nombre. Si “El nacimiento se funde en una letra” como aquí se lee,  el hallazgo editor lo pone en acto. El nombre fue efecto de caída, se desprendió, en una operación de  lectura y donación que inventó un neologismo que nos dona un modo: Uvario.

En nuestro primer encuentro formal, Horacio mencionó a la fotografía como la luz que escribe, y eso fue tallando en el camino editorial. Desde una intervención de que lo que Era blanco y negro, pasara a ser EN blanco y negro, hasta que las tildes equívocas en un posteo en Instagram nos dejaran implicadas transferencialmente, el psicoanálisis se fue entreverando con la poesía, las palabras se fueron deslizando por las sábanas que pliegan el texto y llegan al puerto de  palos , y de palotes , como inscripciones de esos primeros trazos al comenzar a garabatear.

La luz del escribir fue produciendo destellos, colores, tonalidades, que fueron goteando de las palabras. El fucsia de las hojas del árbol de la abuela; el morado de las uvas; el lila de la flor; el azul del mármol; el rojo de los corales; el amarillo del huevo.

No es sencillo decir de qué color es Uvario. Porque moviéndose entre el amanecer y el crepúsculo, sus palabras van acompañando el paso del tiempo, como si siguieran su respiración. A veces se adelantan, otras se detienen; a veces hacen silencio. Y entonces aparece el ritmo y se retransforman las tonalidades coloreadas, en tonalidades musicales. Por eso me gusta leer Uvario como una partitura. Una partitura hecha de palabras, pero también de pausas; de sonidos y de silencios; de aquello que logra decirse y de aquello que queda suspendido. Una partitura no necesariamente armónica. También con disonancias, alguna nota que se desvía, un acorde desafinado. Quizás allí es donde la música encuentra su potencia: cuando deja de ser previsible. Porque esto se trata de lalengua como aquello que se inscribe antes de que sepamos qué quiere decir;  sonidos, equívocos, repeticiones, acentos, restos de palabras. Una lengua que afecta al cuerpo.

Y qué sucede cuando las palabras se asfixian en el cuerpo? Cuando leí Uvario se me apareció la figura del ventrílocuo, que remite al vientre, al venter, a esa antigua idea de una voz que parece provenir de otro lugar del cuerpo. Una voz que habla desde un cuerpo que no es exactamente aquel que creemos que habla. Algo de esa operación sucede en Uvario. Una abuela habla. Pero también habla su silencio, su cuerpo. Habla su aullido. Hablan sus manos, las uvas, las flores, los huevos, los objetos de la casa. Habla aquello que quedó detenido y que encuentra una vía en la escritura, para que una voz pueda atravesarla sin quedar reducida a una voz recuperada, reconstruida o explicada.

Tal vez escribir sea, en parte, buscar otro aliento. En este libro se escribe lo que se escucha, pero no solamente lo que se podría leer como palabra. Se oye el raspón del trapo, la mancha que nunca se derramó, el movimiento de las manos, el ruido de una cajita de música, el zumbido de las abejas. El cuerpo entero se vuelve una superficie de escucha.

Y esto arrima la escritura a la función del intérprete, y a su ética. Cuando dice: “Acercarme a lo que no pudiste decir es mi idioma materno”, no intenta llenar el silencio del otro. Ni siquiera ocuparlo o traducirlo definitivamente.

Dice Acercarse. En Uvario, interpretar parece ser una manera de tocar lo escrito sin clausurarlo. Uvario, y Florencia, dicen: “yo toco lo escrito escribiendo”. Tocar lo escrito. En pliegue, con el libro que lo precedió. Si primero para Florencia fue necesario tocar el lenguaje, ahora lo es tocar lo escrito. Como si escribir fuera una forma de lectura con los dedos. E interpretar fuera también tocar, pero sin apropiarse.

Como si la escritura pudiera hacer pasar algo por el cuerpo sin convertirlo necesariamente en respuesta. Porque el libro termina con una pregunta: ¿Cuál es el peso del silencio?

 Y no sabemos cuánto pesa. Pero después de leer Uvario, sabemos que el silencio tiene cuerpo, color, ritmo. Tiene incluso una música que puede desafinar.

Quizás escribir consista en eso: no en hacer callar el silencio, sino en encontrar la partitura, lo suficientemente, apenas o bastante poeta, capaz de hacerlo resonar.


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Habitando el sentimiento lingüístico nombrado en El malestar en la cultura, nos adentramos en los instersticios de la traducción EN psicoanálisis, intentando real-izar el pasaje de una lengua a otra, en transferencia con la obra de Freud y Lacan. Nuestro trabajo transita la experiencia del (des)encuentro de las lenguas Traducción visual: animación de Nico Mobi; música original Pengy SoundCloud

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