En Biblioteca Sarmiento, de la ciudad de San Carlos de Bariloche, el 30 de abril de 2026.
Agradecerle a Teresita que me haya convocado a la lectura y al decir, tiempo atrás el psicoanálisis nos enlazó y ahora viene con una mano viajera. Cuando nos encontramos y me dio el libro algo de eso se dijo, ya que la via regia nos había cruzado con una foto de Joyce y también con los rodeos en torno a la placa sobre la interpretación de los sueños en Grizing. Como a dos compañeras de ruta.
Me subo al tren con entusiasmo y emprendo un viaje en el que tiempo y espacio, como formas a priori de la sensibilidad, se tuercen por lógica del inconsciente. Ni el tiempo es lineal ni el espacio es un continente neutro. La manera en la que se traza el mapa de este libro, acompañado por tan hermosa postal, tiene una enorme potencia: condensa una operación singular que hace uso de los conceptos fundamentales del psicoanálisis para hacerlos trabajar en un campo que es, en principio extranjero: las rutas de viaje. Se establece una alegoría que nos puede resultar familiar, al emparentar viaje y análisis, como a veces se dice también “la vida es un viaje”, pero que no se reduce a una figura retórica, ya que en la forma en la que este texto está escrito, se verifica en acto algo de la lógica de la experiencia analítica. No se limita la autora a transmitir un contenido, sino que se desprende una posición, un modo de decir que deja leer la incidencia del inconsciente.
Este aspecto me resulta sumamente interesante, ya que los libros de psicoanálisis ofrecen habitualmente desarrollos conceptuales o articulaciones clínicas, aquí en cambio, sin abandonar ese horizonte, la escritura misma porta algo del movimiento propio de los textos clínicos, pero en otro escenario. En una versión que se enuncia abierta, no solo para psicoanalistas. Desde territorios extranjeros nos propone una experiencia de borde, donde la historia, el psicoanálisis, la geografía y el turismo se articulan novedosamente. Una historia viva que en los pliegues del tiempo y del espacio nos permite ir de acá para allá recreando y habitando un territorio particular, el de su autora y sus vecindades, sus entrecruzamientos. Un territorio afín al psicoanálisis y abierto también al viajero, a quien reconoce que la apertura a lo contingente hace camino al andar.
Nombrar esta propuesta como “turismo” es más bien un gesto provocador, ya que este significante resuena saturado por la lógica de consumo, pero se desplaza a lo largo de las páginas subvirtiendo las acepciones sobre recorrido, destino y experiencia, reafirmando una posición que da cuenta del atravesamiento por el psicoanálisis. Se desarma la idea del itinerario cerrado, de destino prefijado, para dar lugar a la deriva orientada por el deseo en la experiencia. En este movimiento, los lugares no son meros escenarios. El Hotel Du Lac en Lavarone donde Freud escribió el ensayo sobre la Gradiva, o el albergue Il Sole con dueño argentino en Bergamo o la Freudpromenade en los Alpes, por nombrar algunas referencias que aparecen en el texto, no son puntos del mapa en los que alguien va a sacarse la selfie, sino territorios en los que palabra y cuerpo están entreverados. La Tere-CITA. La autora nos comparte sus modos de pivotear entre geografías, textos y autores, recortes de allá y acá que tejen un imbricado territorio, esa dit mensión de la que habla el psicoanálisis y resulta palpable en este libro.
Algo pasa al recorrer los lugares enlazados a la cita, al otorgarles soporte físico. Teresita relata cómo eso también le ocurrió a Freud cuando llegó a la Acrópolis y expresó: “entonces todo esto existe efectivamente”, que nos sugiere en su expresión ese efecto de sorpresa vinculado a la manera en la que el lenguaje -las referencias, los relatos de otros, lo leído anteriormente, por decirlo de alguna forma- se anuda en ese estar ahí de manera que nos interpela. Dice Teresita, “si ex-siste es porque toca algo de lo real”.
El libro me devuelve también a un Freud próximo, se me hace casi un vecino con quien ir a la montaña. En el capítulo “Freud se desabrocha el nudo” se reconoce su espíritu emotivo, aventurero y “más alegre” a los 1600 m. Pero incluso en las alturas, cuando estaba de excursión por los Alpes, se desarrolla lo que llamará el Caso Catherina, dando cuenta de una posición en la que ética y lógica no dependen de las coordenadas empíricas del consultorio. Este Freud que trae el libro en un rosto más cotidiano, familiar también por las conversaciones con Martha o con su hermano Alexander, que cuela su interés por el arte, con dotes de aficionado, sostiene en sus viajes la posición de analista, en tanto función. Escribe, lee, sueña e incluso, como en el caso Catherina, analiza. Se desprende la operatividad de una escucha atravesada por el deseo del analista, capaz de dar lugar a la irrupción de lo inconsciente, allí donde algo del decir del sujeto se pone en juego.
Cuando Freud viaja, sueña. En el capítulo dedicado a eso Teresita resalta que se trata de un sueño que se sueña en un afuera, que el ombligo aparece en otro lugar, distanciado de su vida cotidiana, un ombligo extranjero. El sueño inaugural, sueño de la inyección de Irma, deviene un texto a leer, en intentos por localizar una letra que insiste en ser inscripta y leída. En este sentido es emblemático cómo opera la placa de mármol colocada en la villa Bellevue: su acceso, no sin algunos rodeos para localizarla, y una escritura que como nos dice Teresita, porta en un sitio algo difícil de ubicar, la letra.
Los viajeros: Freud y las Tere-CITAS, que ahora son parte de un corpus. Al leerla tengo la impresión de que resignifica mis próximos recorridos, incluso los ya realizados, me transmite una poética de la atención orientada a ciertos devenires del psicoanálisis, a intercambios epistolares, geografías, arte, literatura, hospitales psiquiátricos, círculos de formación psicoanalítica, todo lo cual configura un territorio vivo que entremezcla las épocas. Me recuerda al mirlo que Vinciane Despret escucha cantar y le da voz, al desprender de dicho canto las delimitaciones que la biología clásica le había atribuido, resquebrajando la relación entre un espacio físico cerrado y su asociación a funciones adaptativas (como ser: defensa, reproducción, acceso a recursos, por decirlo rápidamente) señalando la autora cómo el canto es una práctica, que crea relaciones, que resuena con otros, que traza un espacio sonoro compartido. El territorio así entendido se da en acto, el animal no “está” en un territorio, lo hace ex-sistir. “Habitar como un pájaro” se llama este otro libro y lo traigo porque sucede que después de leerlas a ambas, así como al escuchar el canto del mirlo pensar solo en el apareamiento es simplificar la cosa, también viajar por los lugares sugeridos en la Vía Regia despierta por via de levare, es decir, restando consistencia e información turística, afectos, intrigas, nudos, abre fronteras para que “pasen cosas”. Los mundos se multiplican. Sobre este efecto también puede leerse lo que nos cuenta Teresita que sucede en el Teatro Olímpico, con su particularidad de albergar una arquitectura del vacío que crea un espacio en perspectiva, un lugar donde el significante se desliza, sosteniendo así el vacío como condición de posibilidad y en torno al cual se recorre en estas rutas.
Por último, y solo a modo anecdótico, no puedo más que asombrarme por las distancias recorridas en épocas donde no había las facilidades actuales. Por lo fecundo del intercambio epistolar. Por ese hospital de Zurich del que formaron parte “los grandes” y donde alguien podía internarse tanto para tratamiento de su psiquismo como para llevar adelante su formación médica, esa fue Sabina Spielrein. Por la capacidad de diferir con la época acerca de la estatua del Moisés de Miguel Ángel, que requirió de reiteradas visitas, análisis en detalle…me conmueve imaginarme a Freud recorriendo apasionadamente sus inquietudes, sus paisajes, su época. Hay
en todo esto una versión del riesgo que circula…en eso de aventurarse. También en escribir un libro psicoanalítico desde estos márgenes.
Una última cita entonces, dice Dufourmantelle: “¿Cómo no interrogarse acerca de lo que adviene de una cultura que ya no puede pensar el riesgo sin convertirlo en un acto heroico, una locura pura, una conducta apartada de las normas? Tal vez arriesgar la vida sea, para empezar, no morir. Morir en vida, bajo todas las formas de la renuncia, de la depresión blanca, del sacrificio”. Arriesgar la vida no en un sentido temerario, sino consentir a una vía sin las garantías del sentido, en el que la cartografía que este libro compone se presta como condición de que algún recorrido advenga para cada lector.
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)









