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domingo, 6 de septiembre de 2020

Análisis figurable y desfigurable. R Horacio Gomez

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                    Como analista, en mi trabajo, traduzco. De diversas formas. Traducir, trocar, trasponer, trasvasar, transcribir, convertir, desplazar, alterar, sustituir, permutar, trasmudar y así sucesivamente la lista de verbos continúa. Tantos verbos empleados por el mismo Freud y algunas variantes de los mismos preferidas o descartadas por los traductores de su obra. Específicamente en El análisis de los sueños surge el término "figurar". Figurar y desfigurar implican dar figurabilidad o quitarla. Lo figural es lo susceptible de figuración. Un trueque que facilita el trabajo del sueño. Una expresión figural es para Freud concreta mientras que —llamativamente— a una expresión abstracta la llama "incolora". Una remodelación de la lengua en juego en la que —la mayor parte de las veces, es decir no siempre— se trata de imágenes visuales. ¿Será cuestión de colorear los pensamientos?

Trasponer pensamientos en imágenes facilita el trabajo analítico. Si esto es así, la cultura actual, impregnada de imágenes visuales, ¿nos facilita o nos entorpece el trabajo analítico? ¿Podemos figurar con los oídos un sonido o un ruido, o remodelar un aroma o una superficie rugosa? Un olor o un perfume suelen evocarnos una escena completa en cuestión de segundos. Por otro lado, a una expresión incolora podríamos darle matices, aclararla, oscurecerla o hacerla más nítida. Freud mismo habla de la nitidez de algunos de sus sueños, como si fuera necesario regular una lente. También recuerdo que en otro texto acuñó la frase "colorear afectivamente".

Como analista, me percato de hecho, que trabajo cada vez más con imágenes. Quizás el desafío sea seleccionar —como cuando interpretamos un sueño— cuáles son los medios de figuración facilitados para cada sujeto o —asimismo— qué especie del objeto a está en juego en un momento del análisis: seleccionar visualmente a nivel escópico o escoger sonidos a nivel invocante.

En algunas ocasiones se me figura una imagen mientras escucho a un sujeto hablar en la sesión. Cuando esto ocurre trato de “apalabrarla” de la forma más fiel posible, como si describiera un cuadro, y entonces aporto una figurabilidad como analista a ese sujeto en análisis, o dibujo un trazo en el lienzo en blanco ante un niño para despertar un grafismo dormido o congelado. Suele funcionar. Ante un joven que estaba configurando una fobia y que se quejaba porque enrojecía rápidamente ante las personas, por lo cual terminaba comiéndose sus palabras, me sorprendo un día diciendo: "Hoy pudiste hablar de tu cuerpo y ya no te pusiste rojo". Se trataba —afortunadamente— de un análisis “cara a cara” que me permitía ver las tonalidades de sus rubores.

En otras oportunidades mi trabajo se bloqueó al dejarme influir por alguna imagen negativa de un analizante determinado. Esa imagen no me permitía operar hasta que pude descifrar la dificultad en mi análisis o en una supervisión. Ahí fue necesario quitar figurabilidad pues aparecía como resistencia del analista. Por ejemplo, la imagen perturbadora de un hombre que entraba llorando y se derrumbaba en el diván, se me aparecía una y otra vez, repetidamente, hasta que me percaté que esa imagen, fijada en mi mente, me impedía escuchar el sufrimiento por el que él consultaba.

Los grafismos de los niños nos aportan un material increíble, un vaivén que navega de pensamientos a imágenes, de imágenes a pensamientos y así sucesivamente, con intercalaciones lúdicas, sonoras, táctiles y hasta gustativas. Considero que, cuando un niño dibuja en análisis, se produce un “miramiento” por la figurabilidad, mediante el cual el pequeño selecciona la mejor imagen posible para expresar el conflicto vigente en su psiquismo y los entramados familiares concomitantes. De esa forma se modela un síntoma, se produce un alivio y ello permite seguir trabajando y disparar la asociación libre o la producción de un lapsus. Muchas veces un niño traduce en imágenes lo que sus padres o allegados expresaron en palabras, hasta encontrar él mismo sus propias palabras.

Un niño que atendí dibujaba todo el tiempo casas "For sale" o "For rent", porque hablaba muy bien inglés, (significa "En venta" y "En alquiler"), y cuando le preguntaba por qué, no daba ninguna razón. Hasta que un día la madre dijo, en un encuentro, que tenían a los cuatro abuelos del niño viviendo con ellos y que se sentían invadidos. Además, estos abuelos tenían problemas de salud y demandaban constante atención. Otra solución no habían encontrado. Entendí así lo que el niño traducía de los padres: una casa no sentída como propia. Les dije que al menos el espacio del consultorio les era propio, que ahí los abuelos no habían llegado, y esto los alivió bastante a todos.

En relación al quehacer del analista que traduce textos de otro analista —trabajo que disfruto y sostengo— no encontré hasta el momento un modo o medio de figurabilidad específico, aunque sí formas de remodelación del material. Por ejemplo, buscar la expresión más cercana posible entre una lengua y la otra, pero esto lo puede hacer un buen traductor que no sea analista. ¿Cuál es la especificidad del analista que traduce textos? Lo que puedo aportar es lo siguiente: cuando detecto una equivocación, en lugar de corregir, aviso al analista en cuestión, porque así le doy la oportunidad de que lo trabaje en su análisis o para el desciframiento del texto clínicamente. Aviso o advierto sobre su lapsus o equivocación, aunque mi función no sea ser su analista o su supervisor, para hacer trabajar al inconsciente del analista que escribe, en vez de una corrección al estilo docente tradicional (tarea que sería mucho más sencilla y tranquilizadora pero adormecería mi labor). Es decir, el aporte sería contribuir, como analista, a la traducción del inconsciente de otro analista.

¿Cuáles son los aportes del estudio de las culturas primitivas al psicoanálisis? El Bastón de Santiago, que es la Piedra Rosetta de la cultura Rapa Nui, es un cetro de madera que perteneció a un Ariki o jefe de Isla de Pascua, contiene 2300 glifos, en grupos de tres o múltiplos de tres, intercalados con líneas verticales espaciadas irregularmente. Lo interesante para nuestro quehacer es que el primer glifo de cada grupo lleva un “sufijo fálico”, un motivo identificado como un falo. Se trata de un canto de creación, una cosmogonía, una sucesión de cópulas que da cuenta de la creación de todas las cosas del mundo. El primer glifo en cada triada es el copulador, el segundo es el copulado, y el tercero, el hijo resultante de la cópula. Una especie de triángulo edípico que podríamos denominar también triadas de procreación. En Isla de Pascua se escribía sobre tablillas que eran giradas a medida que se leían. Al final de cada línea era necesario hacer un giro de 180 grados para continuar la secuencia. Los glifos, que son signos, en rongo rongo, que es el nombre de esta escritura, no representan un alfabeto ni sílabas, sino que funcionan como un “ayuda memoria” o recurso mnemotécnico para palabras o ideas, o un recurso para recordar datos, como las cuentas de un rosario. Cada signo es un gancho del que cuelga el texto, sin artículos ni conjunciones. Las palabras faltantes eran completadas por el lector a medida que el contenido de la tablilla era cantado. Por lo tanto, a la manera de una partitura de jazz, un texto podía tener distintas versiones. Los detalles debían ser improvisados. Entonces no habría posibilidad de traducción a la letra, pero sí el ejercicio de trabajar con la dimensión de la falta, que nos incumbe como analistas e incumbe a todo sistema de escritura, por más completo que se precie de ser. 

Para comunicarse con el autor:   gomhorac@hotmail.com
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